Viaje secuestrado
(Esta es la historia de un viaje que nunca imaginé dar en mi propio país. Agradezco a todos los que me propiciaron esa experiencia, pero mucho más a los que trataron de impedirla).
Víctor, el silencioso jefe de la beca del ISA, al lado del chofer, sin pronunciar una palabra; Danae y Rudy, dirigentes de la FEU, a mi derecha y atrás; Andy, de la FEU también, el único razonable, a la izquierda. Miguel, el chofer, enmudecido en el timón. El auto corre por todo Malecón, de madrugada.
Converso con ellos, al menos con los muchachos, que se atreven a hablar. Danae luce jactancioso, dice que está haciendo “lo correcto para defender la Revolución”. Rudy, el único con el que había hablado días antes, me dice, cuando le pregunto, que su nombre es Osvaldo. ¿Por qué miente?
Los tres son santiagueros, y Danae y Rudy estudian actuación. Quince días antes yo había visitado su clase en busca de actores, con permiso de Omar Alí, el profesor; ellos actuaban algunas escenas de “Sueño de una noche de verano”: Danae era seco y no se sabía ningún texto –es fama que su estancia en el ISA no tiene razones artísticas-; a Rudy no lo recuerdo ese día. Andy estudia piano; fue el único que se negó resueltamente a agredirme, ante tantos hombres que oscilaban entre violencia e indiferencia. Pero ninguno de estos tristes representantes estudiantiles estuvo entre los más de 150 muchachos de la huelga del ISA, en octubre de 2009.
Esa noche –jueves 26 de mayo- llegué casi a las once de la noche, por la entrada del fondo del ISA –Novena y 120- que da directamente a la beca. Noté que los custodios de las distintas escaleras en la residencia estaban en total alerta, a pesar de la hora. Y entre ellos no había ninguna mujer, al contrario de lo que siempre ocurre. Según avanzaba por el pasillo, se hacían señas cómplices. En la entrada de mi escalera habían ubicado –casualmente- al más robusto de todos, que yo conocía de vista. “Su carné.” Se lo enseñé. “Tienes que ir a ver a Víctor, el jefe de beca”. Sin mirarme a la cara, terminó: “No puedes entrar”.
En la oficina de Víctor estaban mi taquilla y dos bolsas más con todos mis bienes, ocupados y cargados sin mi presencia; no faltó nada. El pobre hombre, apacible en sus modos, me indicó que recogiera todo aquello, “hay un carro esperándote para ir a la terminal, y un pasaje para Camagüey en la primera guagua”. “Pero las 48 horas que me diste ayer para salir se vencen mañana por la tarde”, le dije. “Tienes que irte”, respondió. Tras él aparecieron tres dirigentes de la FEU, dos custodios y Miguel, el chofer; tampoco había una sola mujer entre ellos. Recogí sin ningún apuro y conversé mucho con los muchachos de la FEU convocados para sacarme. “Me prometieron un papel mañana por la mañana, aquí. Tengo que quedarme para recogerlo.”
Víctor llama por teléfono para consultar la situación, no dice con quién habla pero la respuesta es tajante y reiterativa: “Tienes que irte”. Andy y Danae tratan de explicarme por qué mi caso es tan brusco, Andy con inteligencia, Danae repitiendo estribillos. “Mira, desde hace rato esto se está analizando, sabemos de tus problemas en Santiago y Santa Clara, y no hay más alternativa. ¡Y tú tienes cada amistades!, dice Danae. “Yo respeto tus ideas, cada persona es distinta y piensa como quiere, pero no se puede hacer nada en esto”, dice Andy. “¿Con qué estudiantes de la FEU se consultó esto? ¿Podemos ir a preguntarles?”, y los miro a ver cómo se recuperan la palabra. “Nosotros somos la FEU, por algo somos dirigentes, y no hay manera de reunir a nadie ahora, compadre.”, responde Danae.
Termino de recoger y entre todos cargamos los maletines y los llevamos al auto. Es un “panelito” rojo que yo conocía de antes: una vez monté en él, cuando el ISA me lo prestó para buscar a varios artistas que participarían en un espacio de debate estudiantil. Ahora es el auto en el que completarán mi castigo.
De lejos veo un compañero de beca que mira la escena, escondido tras una esquina. Me separo del carro y les hablo a todos, alto: “Por favor, llévense mis cosas y cuídenlas; yo no quiero montar ahí. Y si lo hago, es porque ustedes me obligan. No haré resistencia, pero no iré voluntariamente.” Me pongo las manos en la nuca y todos estallan. Danae y Víctor me dan vueltas y se ponen tensos, como buscando por dónde cargarme; el chofer dice que no chive, que quiere irse a dormir; Rudy se burla; Andy me advierte que no complique las cosas… Yo no entro, y cuando Danae está a punto de ponerse violento, y mira a Víctor esperando la orden, saco el celular y marco un número. “Cualquier fuerza que empleen contra mí es un secuestro, y hay testigos”, aclaro.
Caos. El jefe de beca, perdida la compostura, saca también su móvil y se aleja para pedir instrucciones. El chofer hace silencio y se sienta en un muro. Los custodios callan y se apartan. Andy sigue tratando de convencerme por las buenas. Víctor, alternativamente, me da sucesivos ultimátums y habla por teléfono; parece que al final se le acaba el saldo porque sube a su oficina a seguir hablando. Los dirigentes de la FEU, carentes de iniciativa, van tras él. Ya he logrado mandar mensajes de alarma, y algunos compañeros de beca bajan a ver qué sucede o me llaman al móvil. Envié un SMS a Gisselle Candia, de mi barrio, de mi aula, presidenta de la FEU en mi propia facultad, y muy buena amiga durante mucho tiempo; está durmiendo en su cuarto, a dos minutos de dónde ocurre esto, pero no baja ni llama.
A los que sí me llaman o se acercan, les repito: “Danae y el jefe de beca son los que están dispuestos a golpearme: graben esos nombres, por favor.” Donde estoy se siente la discusión en la oficina de Víctor: Andy, el estudiante de piano, vocifera: “yo no voy a hacer eso, no, en eso sí que no participo, no”. Danae baja alterado, porque me oye repetir su nombre por teléfono. “¿Quién te dijo que yo te voy a golpear?, ¿quién te dijo eso?”.
Es más de la 1:45 am. Un custodio joven se acerca a negociar, pero el de bigotes tupidos que vigila la escalera lo llama enfáticamente, para que se aparte de mí. Víctor baja con rostro resuelto, y los muchachos detrás de él. Víctor intenta una última triquiñuela: entra al auto y me llama calmadamente para que me siente a su lado, a hablar. “No soy un niño chiquito, compadre, vamos a hablar acá afuera, pero ahí no entro por mi voluntad. Aquí estoy, vengan a buscarme.” Víctor sale del carro, da vueltas mientras Danae y Andy siguen hablando. Se deciden, alguno le al otro: “vamos, vamos”. Víctor me toma por la muñeca izquierda, Danae por la espalda, alguno de los otros dos por el brazo derecho, y me hacen avanzar hasta meterme en el carro, en el asiento de atrás. Les queda sincronizado, como a los buenos policías. Los dirigentes de la FEU entran y se acomodan: Rudy a mis espaldas, Andy a mi izquierda y Danae a la derecha; Víctor al lado del chofer. El celular sigue sonando imparablemente. Ante la preocupación de esos muchachos por lo que voy a contar, les pregunto: “Cuando escriba sobre esto, diré que me montaron y trasladaron sin hacerme daño físico visible, pero contra mi voluntad, ¿les parece bien?”. Hacen silencio. El auto sigue por Quinta Avenida, atraviesa el túnel, y corre por todo Malecón, de madrugada.
El país que viaja al cementerio
| Quien viaje por Cuba y no lo haga por sus cementerios se olvida del lugar donde terminan, inevitablemente, todos los viajes. En ellos yacen las lágrimas de la isla entera.
El infinito cementerio de Colón y sus panteones de millonarios y de políticos, La Milagrosa, la mitad de la historia del país sepultada en nichos, los túneles y edificios de dos plantas, la tumba de Cecilia Valdés y la del capitán general, la de los soldados muertos en Angola y la desolada del ABC, las de obreros y empleados cerca de las del presidente Menocal y el ministro Carlos Miguel de Céspedes, las logias masónicas con las monjas y el cardenal Arteaga: los hombres grandes y los humildes, amigos y enemigos, hombres de Dios y ateos, todos colocados, llorados, sepultados, recordados allí, uno junto a otro, sin más diferencias que las obras de mineral que guardaron sus restos. Allí iremos todos, incluso los que matan, con la diferencia de que estos últimos tendrán en sus nichos, además de las flores de sus familiares y amigos, las otras más secas que ellos regaron con odio. Del lado occidental de la bahía de Santiago de Cuba baja un cementerio, el de La Socapa y Cayo Granma, regadas sus tumbas sobre una pendiente inclinadísima, como si debieran resbalar toda la eternidad; en Bayamo dan pánico las tumbas de los poderosos de antaño, en sus capillas ultrajadas de escaleras bajo el nivel del suelo y calaveras asomadas por los nichos; en un monte intrincado al fondo de la tierra de Najasa, en Camagüey, hay uno casi invisible, de españoles que alguna vez se fueron a buscar suerte por aquellos rincones; en Manatí todavía queda el que hicieron los marqueses de San Miguel de Aguayo para que sus obreros no terminaran bajo cualquier árbol de la línea férrea o en el medio de un campo de caña; en mi Camagüey hay dos tumbas especiales, la del cadáver del general Agramonte, quemado por el odio de los españoles de hace más de un siglo, y la de la criolla Dolores Rondón, famosa por los versos que un enamorado de su juventud le rehacía todos los días, sobre su sepultura, y además, están las tumbas fantasmales de los fusilados de los años sesenta, que alguien prohibió inscribir en los libros de difuntos parece que por miedo a que sus nombres, anotados, siguieran conspirando contra el gobierno que los ejecutó. Pero ahora, además, habrá que visitar el cementerio de Santa Clara con gladiolos y encono, porque en este país van a seguir matando a los que piden, solo con la voz, una isla más justa. Después de que lo golpeara la policía casi cuando era Día de las Madres, Juan Wilfredo Soto, un humilde ¡otro humilde más! ha muerto. Hay una madre con dolor. Hay muchos cubanos crispados. En la isla hay olor a martirio, otra vez. |
La bandera contaminada
Detrás, la bandera cubana más alta del mundo. Delante, a lo lejos, siguiendo toda la línea del horizonte, se estira la península de Hicacos, donde crece el único pueblo que en esta isla se ha salvado del gris polvo: Varadero. Pero no miremos abajo, a donde estamos parados; la costa de Cárdenas es un amasijo de petróleo, desechos industriales y basura urbana, y todo el patriotismo que pueda inspirar la altísima bandera, y el desarrollo que irradia la cercana y espectacular playa, no alcanzan a cambiar este lugar.
Cárdenas, la Ciudad Bandera, no ha sido salpicada por una sola gota de lo que dejó escapar el desastre auspiciado por British Petroleum en el Golfo de México. Toda la contaminación que satura este pedazo de costa sale de la actividad humana en el mar, de los desperdicios que exhala Varadero, y de las industrias que hay en el litoral cardenense, con su próspera -¿cómo no iba a serlo en Cuba?- fábrica de rones y licores a la cabeza. Pero el verdadero desastre para la playa es la indiferencia de quienes debieran respetar –venerar- el sitio cubano donde primero ondeó nuestra bandera; y eso ocurre en un país donde sí hay leyes para castigarla cuando se convierte en delito.
La intención de andar algún día por el camino del desarrollo sostenible, frente a tal panorama, se transforma en la certeza de que vagamos, indefinidamente, por un subdesarrollo que, para colmo de males, no tiene cómo sostenerse.
(A los cubanos no nos han enseñado el culto a Cárdenas. Debieran hacerlo, como sucede con La Demajagua o Dos Ríos: lo que ocurrió allí en 1850 –casi nulo en cambios políticos inmediatos- fue demasiado relevante en la historia futura de nuestra isla, y de al menos dos naciones más: España y Estados Unidos. Pero nos da miedo –como pueblo- conocer nuestra historia, la verdadera, no la conveniente, heroica y rectilínea –que nunca ha existido fuera de los libros escolares y de la mente de algunos personajes beneficiados con su propia versión. Es que por Cárdenas entró el hispano-venezolano Narciso López,
enarbolando la enseña que, mientras dure la era en que la idea de nación puede más que la idea de humanidad, será nuestro símbolo frente a los demás humanos. Entonces esa idea no convocaba aún demasiadas emociones. Era el paño que a Narciso le habían hecho los Teurbe-Tolón para su proyecto invasor sobre Cuba, paño que provocaba asociaciones de ideas políticamente complejas –se parecía mucho al que los texanos independentistas habían usado para separarse de México y luego unirse a Estados Unidos unos años antes. Fueron los profusos manantiales de sangre de 1868, y la precavida política norteamericana de aquel entonces, los que convirtieron esa bandera de aires norteños en el estandarte de un ejército de republicanos independentistas). La población, cubana y española, ¿o ambas cosas? fríamente dejó entrar al general López. No estaban para andar cambiando su mundo. Todo era seguir viviendo, lo mismo que sucede hoy, cuando Cárdenas crece gracias al turismo y el litoral se les sigue pudriendo en las narices. Puede que los cardenenses y sus funcionarios piensen que la ciudad, o la costa, no son de ellos, que sus espacios terminan justo en las puertas de sus casas y sus oficinas. No se han convencido de que esa ciudad, como el país, también es de todos.
Mientras, la bandera ante la que debíamos arrodillarnos se yergue a doscientos metros de un cenagal de desperdicios. Un breve cenagal de desperdicios cuyos límites terminan en el horizonte de toda la isla.
Cerrado, para cubanos
Hay regiones de mi país donde yo no puedo entrar, todavía. Al menos si no voy cargado de documentos oficiales, autorizaciones, avales y cartas de recomendación. Toda una lista se llena con ellas. Estoy acostumbrado: en Cuba se pueden hacer –o ya las han hecho los que mandan- listas con una infinita variedad de elementos prohibidos para los cubanos. Hay una lista de webs a las que no puedo entrar, una de revistas y periódicos que en las bibliotecas estatales no dejan consultar (sobre todo los que muestran a mis actuales gobernantes cometiendo errores dignos de silenciar), otra de filmes –Antes que anochezca, La ciudad perdida…- que no puedo encontrar en las videotecas y cines estatales, de músicos que está prohibido poner en la radio y la televisión –Alejandro Sanz, Willy Chirino, Porno para Ricardo… La más indignante es la de personas que no conviene llamar por teléfono o visitar –yo lo hago de todas formas, y por eso debo estar incluido también en ella-, hay otra con personajes históricos que no pueden ser mencionados sin que se les endilguen ofensas –los comandantes Eloy Gutiérrez Menoyo y Húber Matos, el presidente Estrada Palma… Hay decenas de listas de lo vedado al ciudadano común en Cuba. Pero son las regiones prohibidas de nuestra geografía las que me interesan en este reporte de viaje.
El post con que inauguré el blog contaba cómo no pude entrar al Cabo de San Antonio, en Guanahacabibes -en el extremo occidental de Cuba- por la única razón de que yo no era extranjero. Aquella vez los funcionarios del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente me negaron el paso, como estaba orientado que le hicieran a todo cubano residente en la isla. Mientras me consolaba del frustrado viaje, unos cuantos vehículos con chapa de turismo pasaron raudos, rumbo al Cabo; frenaron el tiempo justo para preguntarle la ruta, con acento andaluz e italiano, al solícito guardián que les levantaba la barrera.
En el extremo opuesto del país, a medio camino entre Baracoa y la desembocadura del río Yumurí –costa norte- hay otro de esos puestos ¿fronterizos? En él unos espeleólogos, conocidos en la zona y cargados de autorizaciones oficiales, esperaron casi una hora, al sol del mediodía, hasta que el oficial a cargo consideró que podían pasar, rumbo a la Punta de Maisí.
El archipiélago Sabana-Camagüey, que bordea la costa norte de las provincias centrales, también está prohibido. Sembrado de hoteles entre Cayo Santa María y Paredón Grande, con pocos accesos terrestres –unos antiecológicos y descomunales terraplenes desde Caibarién y Turiguanó-
los vehículos que transportan cubanos son cuidadosamente revisados por agentes de la Policía, ante los que hay que agitar sin demora cuanto documento lleve uno arriba, so pena de que lo hagan bajar y quedarse. Y no se puede entrar por simple turismo; si uno no lleva reservación para algún hotel, o no tiene credenciales como trabajador o participante en eventos ya registrados, no entra.
Lo mismo ocurre en Sabinal, menos explotado turísticamente, y en Cayo Romano, el mayor y más conservado de la cayería. Como si fuera poco, hay al menos uno de esos islotes que exige doble proceso de autorización: Paredón Grande. El cubano que llega hasta allí debe mostrar permisos, y como la vía de acceso terrestre es a través de Cayo Coco –en cuya entrada de Turiguanó ya le revisaron los papeles- pues resulta que se es doblemente chequeado.
Pero Isla de Pinos, que todavía tiene el nombre de oficial de Isla de la Juventud, es un caso todavía más irónico. Hasta bien entrado el siglo XX no quedó clara la soberanía cubana sobre la agreste comarca, frente a los amagos colonizadores de los norteamericanos. Y ahora, en pleno siglo XXI, el acceso de nuestros nacionales al sur de esa isla menor –su parte más extensa e inhóspita- requiere de más permisos y trámites que los que necesita un ciudadano de la Unión Europea para pasar de un país a otro. Y ni hablar si el cubano pretende conocer al célebre Cayo Largo, más de 100 kilómetros al este: yo solo he podido verlo desde un avión.
No solo hay tierras vedadas. También las aguas que rodean la isla, supuestamente aguas territoriales, son nocivas –según creen las autoridades- para los cubanos. Un par de jóvenes del pintoresco Cayo Smith –o Cayo Granma, su nombre oficial- dueños de botes en los que dan recorridos por el interior de la bahía de Santiago de Cuba, abrieron los ojos con asombro cuando les sugerí asomarnos por el vistoso lado exterior de la bahía, donde se levanta el Castillo del Morro. “Eso está prohibido”. Y esta es regla nacional: cada cubano que esté en una embarcación marina debe andar poderosamente autorizado, o se arriesga a dormir en un calabozo.
En todos estos casos la protección ecológica, que es la justificación para restringir o controlar el acceso a muchas zonas protegidas en el mundo, queda descartada, por la marcada diferencia entre los trámites que realiza un ciudadano extranjero y un residente nacional que quiera visitar cualquiera de estas zonas. Al visitante foráneo le basta con asomarse, mientras el cubano, cuando no tiene reservaciones adquiridas con anticipación –si la zona es hotelera- puede llegar a los tres meses de espera, buscando autorizaciones de hasta media docena de funcionarios ¡eso si tiene una justificación válida!, y a expensas siempre de que se le niegue el acceso por cualquier capricho baladí.
Donde nuestro destierro se hace colosal es en Caimanera, la ciudad más cercana al perímetro de la estadounidense Base Naval de Guantánamo. Los cubanos sentimos el territorio de La Base como parte de nuestro país, y esperamos que algún día lo sea en los hechos. Por supuesto, no podemos entrar en ese lugar, pero por si fuera poco, quienes nos mandan han extremado la distancia a tal punto, que a Caimanera, ciudad que sí es plenamente nacional, no entra un cubano si no está autorizado con mucha anticipación y justifica su visita con una solicitud de familiares residentes en el pueblo, que también han de informársela a las autoridades.
Los motivos más probables para tanta discriminación dan vergüenza: impedir las salidas ilegales -¿acaso nuestra isla es una cárcel, que es de donde único alguien puede salir ilegalmente?-, proteger la naturaleza –¿protegerla de los cubanos que andan a pie, no de los extranjeros en autos contaminantes en los que pueden llevarse sin problemas cualquier criatura en extinción?-, impedir desvíos de embarcaciones navales o una provocación a La Base…
De todos estos pretextos, y de la flagrante discriminación que procuran encubrir, se desprenden dolorosas conclusiones. La más obvia: que los cubanos residentes en este país no somos considerados ciudadanos poseedores de derechos inviolables ante las instituciones del Estado -cuya razón de ser es garantizar esos mismos derechos- sino algo muy distinto: unas personas que viven en el lugar donde gobiernan otras, y cuyo valor está por debajo, y subordinado, al de las políticas y los intereses de esos gobernantes. El temor colosal de estos individuos a perder su autoridad ante las salidas ilegales, los improbables desembarcos clandestinos, o la presión sicológica de un conflicto con La Base Naval, nunca puede ser razón, en el siglo XXI, para mantener medidas discriminatorias contra sus propios ciudadanos. Eso solo apura la necesidad de apartarlos del camino, si ellos mismos pierden la oportunidad de rectificarlo. Hoy, su meta es bien clara: derribar los silenciosos muros y discriminaciones que los temores de otra época levantaron, ponerse en paz con su pueblo; y reconstruirle el orgullo.
Cuando cualquier cubano pueda mirar al mar, desde el Cabo de San Antonio, sin sonrojos ni permisos, habrá una buena señal.
El cuarto número de La Rosa Blanca
Gandhi sonriendo de madrugada
Madrugada. Ocho jóvenes estudiantes de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, pasajeros sin pasaje de un tren. Están en el entrecoche, de pie o en cuclillas, ateridos del frío más intenso del mundo. En la puerta de la derecha, dos policías: no los dejan pasar. En la puerta de la izquierda, tres funcionarios ferroviarios: los tienen cercados. Un hombre de tamaño y prepotencia enormes vocifera desde la estación: el tren va a arrancar solo cuando bajen esos malditos estudiantes que montaron sin pasaje en Santa Clara. Esto ocurre a las dos de la mañana en un lugar aislado hasta de sí mismo: Guayos, y falta más de la mitad del camino para llegar a Camagüey, destino de los muchachos.
Hay otros muchos viajeros que tampoco tienen pasajes y no han sido molestados, entonces ¿por qué acosan a los jóvenes?
Dos meses antes, algunos de esos mismos estudiantes subieron a un tren, sin tener pasaje. Eso es normal en Cuba: los trenes nacionales no satisfacen ni el veinte por ciento de la demanda de los viajeros, y existe una regulación que permite que monten personas sin pasaje, a las que una vez a bordo del tren se les cobra el doble de la tarifa establecida, para beneplácito de algunos diligentes bolsillos. Pues a esos muchachos se les aplicó ese sistema, con la peculiaridad de que después de haber sido exprimidos (cada uno tuvo que entregar un tercio de lo que mensualmente les da la Universidad para mantenerse), vieron cómo el dinero iba a un bolsillo del que no salía ningún tiquet ni otro comprobante de la transacción. O sea, que estaban engordando a los funcionarios.
¿Qué hicieron entonces? Redactaron sobre la marcha una carta al periódico estatal Juventud Rebelde, válvula de escape nacional de todo aquel disgusto que no se meta con los causantes primarios, y eso provocó un proceso de depuración en ciertas instancias de los Ferrocarriles de Cuba. Hubo sanciones a un par de personajes. Volvamos a la Escena 1.
El jefecillo de un tren, salpicado por aquella reclamación, en mafioso desquite decidió cerrarlo para los estudiantes de la universidad santaclareña, y lo logró hasta que nosotros, obligados por la irremediable carencia de transporte, subimos al tren una noche. Lejos de la estación, el personaje notó nuestra presencia inconfundible, y nos ordenó bajar. Fieles policías y funcionarios nos empujaron, coche a coche, hasta concentrarnos en aquel rincón. Y allí, bajo gritos y amenazas de multas y de calabozos, nos exigieron abandonar el tren en la primera parada.
Decidimos que eso era discriminación y venganza y abuso, y no había derecho, en fin, y optamos por quedarnos inmóviles y mudos. No quisimos bajar en Placetas. Una muchacha les explicó a los policías las razones de la desobediencia. El jefe del tren juró detenerlo definitivamente en Guayos: Voy a llamar al Partido y a quién sea. Instintivamente, nos pegamos más. Los policías fumaban, nerviosos, sin mirarnos a los ojos. Un civil con sospechoso aire de negociador, quiso saber qué queríamos. Hasta Camagüey, y pagamos lo que se debe. Los alaridos del jefe del tren, aferrado al teléfono de la estación, se sentían en todo el andén oscuro. Alguno titubeó: ¿Y si nos meten presos? ¿Y si nos botan de la Universidad? Nadie le contestó al que había hablado: su novia lo miró y escupió un chicle por la ventanilla…
Bienvenidos a la tierra de El Mayor, dice el letrero más vistoso de la terminal ferroviaria de Camagüey. Con los maletines al hombro, sonriendo todavía de susto, nos separamos esa mañana en la estación. Miré atrás, al tren detenido, a sus amos incapaces y sus servidores grotescos, a la madrugada en que unos jóvenes perdieron el miedo.
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El tercer número de la revista La Rosa Blanca
Este es el tercer número de La Rosa Blanca, y para hacerla se camina mucho, y para llevarla a los demás, en este país desinternetizado y mudo, más todavía. Cada número de La Rosa Blanca, que colgaré en este blog como he hecho con los anteriores, por no tener modo eficaz de ponerlos aparte, es una suma de viajes azarosos hasta las casas de los colaboradores amigos y los lectores fieles.
Esta revista es también el final de muchos viajes. En la misma provincia Las Tunas, pero al norte, encuentro en su casa al ensayista de perfil cristiano Frank Folgueira, empecinado y arduo historiador de otro de los pueblos –Manatí, que también es tierra mía- castigados por la plaga que se está terminando. Y como si el daño fuera nacional, en Encrucijada, de Villa Clara, en un caserón de madera prerrevolucionaria y techo altísimo, veo a Gabriel Barrenechea, sofocado por la grisura y ánimo vigilante de su aldea, y redactando a mano sus cuentos y los copiosos ensayos económicos y políticos. La Habana… y catorce infinitos pisos hasta el apartamento de dos cubanos amables, Yoani y Reinaldo, porque La Rosa Blanca publica algo de Generación Y, que necesita vehículos como este para ser leída dentro de Cuba. Después, calle Tulipán abajo, doblamos un par de cuadras, en Nuevo Vedado, y bajo el nivel del suelo –y del mar que inunda su isla- Rafael Alcides sale del silencio nacional que se ha impuesto y regala algunos textos de inédita pulcritud. Más allá, por los límites de Vedado y Centro Habana, el Yoss entrega decenas de escritos de toda índole, pero que siempre inclinan el peso a la fantasía y la ciencia ficción, y refrescan los aires serios que la realidad nacional impone a la revista. Regreso a Camagüey, y voy a la única casa donde se habla de todo, con libertad e inteligencia, en la tierra agramontina, y me encuentro al intelectual –polígrafo- Rafael Almanza enfrascado en cualquiera de las mil aristas que tiene su obra. O en vez de regresar, voy desde La Habana hasta Pinar del Río, donde Dagoberto Valdés y Karina, Virgilio, Maikel, Jesuhadín, Néstor, Servando y los demás intentan pacientemente fomentar el culto a la convivencia de todos los cubanos. O a Bayamo, donde el amigo Ernesto Morales, recién expulsado de su empleo como periodista oficial -al fin tienen ese reconocimiento su valía y honestidad- escribe y bloggea en medio del ambiente aislado y enrarecido de las provincias orientales; o a Elia, en Las Tunas, en busca de los poemas de Carlos Esquivel, escritor milagroso que ha resistido las tentaciones de las capitales, y se niega a irse de un terruño asolado por la desidia.
De todos ellos, y de muchos más, surge al final la Rosa Blanca, que luego se riega por las computadoras, de memoria en memoria, y hasta en obsoletos disquetes de tres y medio, con la misma silenciosa precariedad con que la hacemos. Aquí está.
__________ Información de ESET NOD32 Antivirus, versión de la base de firmas de virus 3832 (20090206) __________
ESET NOD32 Antivirus ha comprobado este mensaje.
Hatuey en llamas
pero sin sacerdotes católicos ni heroísmo: el pueblo en donde nacieron mi padre y mi abuelo lleva años consumiéndose en la hoguera de los macondos míseros y deslucidos, que desde hace medio siglo chisporrotea en esta isla. Lo único común entre el final del cacique y el de ese pueblecito son las promesas de una vida mejor: una hilera interminable de jóvenes, de profesionales, de gente emprendedora, ha encontrado un camino certero que está más acá que el de la promesa divina.
La tienda de Alcibiades era la más próspera del pueblo. De las tres o cuatro que había, tenía el mejor surtido: dulces en conserva de frutas europeas, vinos, longanizas y jamones, galletas y refrescos de las mejores marcas del país y el mundo… No había que ir con el dinero exacto: sin importar cuán pobre fuese el comprador, bastaba tener palabra fiel para llevarse todo lo necesario, y pagar después, sin apuro.
Con el método de la voluntad y el trabajo honrado, que sí, sí funcionaba entonces, mi abuelo suplió su casi nula preparación escolar. Mucho antes de que llegara la época de las promesas eternas, Alcibiades Constantín ya era miembro respetado de la Orden Caballero de la Luz y la gente de la comarca que confiaba en la Cubanidad de Grau San Martín lo había elegido para representarlos. Su discreta prosperidad económica le permitió ayudar a los rebeldes locales del 26 de Julio. Mientras vivió en Hatuey nunca dejó de trabajar como obrero del central azucarero Najasa.
Hace poco regresé a su pueblo, el primero que se atraviesa en la línea del ferrocarril central –al que le debe la existencia- yendo de Camagüey a Oriente. Por supuesto, polvo y casas de madera que se tambalean. No hay nada que comer en la calle, porque no hay nada que comprar, excepto estatales bocaditos mosqueados. Todas las noches, todas las tardes, todos los fines de semana, hombres aburridos y los jóvenes que quedan se reúnen en cualquier lugar, en la puerta de la casa o bajo los árboles del parque, para tomar ron, hablar de la vida que no tienen, y tomar ron.
Una obediente criatura se presentó aquella mañana de 1968 en la tienda de mi abuelo, con un papel en la mano: “Alcibiades, desde hoy esto pertenece al pueblo. Solo así todos tendremos un porvenir mejor.”
De carne y leyes
Me asomé por ese lugar, porque ya me habían hablado de su público. Y las vi. Una de ellas no podía tener más de quince años. Las otras, que no pasaban de 25, mostraban señales sutiles, entre sonrisa y sonrisa, de haber vivido mucho más. Excepto la menor, todas tenían tatuajes, cervezas Bucanero en las manos y cigarros. Miraban con éxtasis a los autos modernos que llegaba. Antes de la madrugada, fueron acomodándose al lado de reciénllegados señores robustos que enseguida pedían hollywoods y más cerveza, o del chofer de cualquiera de los tres autos parqueados. La menor y una amiga se montaron en un audi con chapa de turismo, que siguió para Las Tunas.
No es agradable ir hasta Guáimaro, el pueblo con más historia en toda la región camagüeyana, pues los camiones particulares que hacen el recorrido desde Camagüey se tardan mucho más de una hora en llegar, y si uno sale desde Las Tunas, le ocurre casi lo mismo.
Siempre pasé por allí con apuro, yendo hacia otra parte. Y eso ha sido este pueblo toda su vida: lugar de paso. Guáimaro está casi en la frontera que divide a dos regiones muy discordantes, cultural y económicamente: Camagüey y Oriente.
Guáimaro es célebre por el ganado abundante que desde siempre recorrió sus llanos: aunque en el periódico Adelante, voz oficial del Partido en la provincia camagüeyana, está prohibido publicar cuánto ganado había en Camagüey antes de la Revolución, todo el mundo sabe que lo de hoy solo es la sombra. La leche, la carne y el queso que de aquí salen mantienen viva a buena parte del país.
Lo que conté al principio lo vi un domingo, en el rápido que está frente a la terminal del pueblo. (Un rápido, en cualquier lugar de Cuba, es una especie de cafetería abierta las 24 horas y al aire libre, con mesitas cubiertas por un toldo y, por supuesto, bebidas alcohólicas que vende en divisas; o sea, no es un sitio para el cubano normal). Después me han hablado de la amplia lista inútil que las autoridades han hecho para censar y vigilar a las adolescentes que frecuentan el lugar.
El museo de Guáimaro también abre de noche. Está cerca de la carretera. Es la única casa en Cuba donde se han firmado dos constituciones, posiblemente las dos más democráticas. No había más visitantes. Unos pocos muebles, y alguna escueta información gráfica es todo el homenaje visual a los hombres que trataron de convertir una hacienda feraz en un país con libertades civiles. El frío que despide el caserón es incapaz de revivir las enconadas sesiones de 1869 y el júbilo de 1940.
Tarde en la noche regresé a la terminal, a esperar algún transporte. Mientras, las parejas que ya se habían formado en el rápido empezaban a escurrirse. Adormilado, logré salir de allí sobre una rastra, a las tres de la mañana.
El sismo definitivo
Sin empuñar uno solo de esos miles de objetos mortíferos que adornan nuestros museos, Guillermo Fariñas terminó de quitarle los aromas carcelarios a medio centenar de hermanos. Y le dio esperanzas a otros miles. Este 26 de julio, mientras el país era disfrazado de consignas rojinegras para ocultar la apatía nacional, y en Artemisa, Santa Clara y La Habana nuestros gobernantes y sus panegiristas ensalzaban por enésima vez la impaciencia sangrienta con que quisieron resolver los problemas cubanos hace 57 años, Fariñas descansaba en el hospital villareño Arnaldo Milián Castro, marcado por el sino de la nueva era de no violencia que acaba de consagrar en la historia política de Cuba.
Lo he visto en tres ocasiones. En la primera, sonreía todo el tiempo: ya su huelga de hambre, para que los cubanos tuviéramos Internet, le había marcado el cuerpo delgadísimo. Fue afable, aunque no nos conocíamos. Un buen hombre.
La segunda vez –octubre o noviembre de 2008- era yo quien llevaba encima la carga de mi sinceridad. Llegué a su casa: la única abierta para mí en Santa Clara, luego de que me expulsaran, amenazas y violencia por medio, de la carrera de Periodismo en la Universidad. Me recibió un Fariñas febril. “Dime qué podemos hacer por ti: adonde quieras, iremos.” Había un plural de valentía que justo en ese instante en que acababan de aislarme, tenía la fuerza de una multitud. En el recibidor improvisado de su casa del Condado –de los barrios más humildes y temibles de Santa Clara- respiré la misma decisión rectilínea que se siente en los libros de historia, frente a los nombres audaces que alguna vez han querido hacer de Cuba un país mejor.
La noticia de mi grotesca segunda expulsión, firmada por él, periodista arduo, limpio y respetado, repicó en cientos de webs.
El tercer encuentro fue hace muy poco: tras los cristales en la sala de cuidados intensivos. La huelga de hambre por la libertad de los presos políticos ha terminado. No me le acerqué mucho; cualquier germen prendido en mi ropa, con la que acababa de atravesar más de trescientos kilómetros, podía serle fatal. Su mirada es lúcida, en medio de esta era de nubarrones geriátricos. Sonríe agradecido ante las visitas de los conocidos y amigos. Su anciana madre lo cuida como si acabara de verlo nacer; el sobresalto de ella pesa lo mismo que la tremenda decisión de su hijo. Fariñas aprovecha la magra televisión nacional; no es su mente la del hombre que ignora su entorno, y menos aún, la del indiferente ante el futuro. Fariñas está lleno de ideas sobre lo que ocurre en su país, y lo que debe ocurrir para que la isla en donde se empeña en vivir, pero vivir con dignidad, deje de ser el más increíble paraíso exportador de seres humanos y el feudo de uno de los pocos gobiernos en el hemisferio occidental –junto con los africanos dictadores de Burkina Faso y Guinea Ecuatorial, y el sultán marroquí- empecinado en su propia infinitud.
El camino para salir está custodiado por abundante y optimista propaganda gubernamental.
Hace más de cincuenta años, el Che estuvo entre quienes aquí impusieron sus ideas en medio de manantiales de sangre joven, amiga y enemiga, de detonaciones y de humo de pólvora. Santa Clara, la ciudad donde más gloria conquistó el comandante Guevara, está llena de homenajes al militar. Pero debajo de esos colosales monumentos a la violencia, algo ha fallado. Una grieta imperceptible, una tenue y profunda rajadura que nadie sabe dónde termina, recorre esas calles: empieza bajo la cama de un hospital… y se pierde en la distancia.



