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El infierno en la otra esquina

febrero 20, 2013

Quiero hablar de paisajes deslumbrantes, como los que Cuba tiene a montón, o de gente solidaria con el viajero, que también son miles en esta isla, pero no me sale. En estos momentos el viaje que me late, breve y seco, es sobre un lugar temible. Fui una vez, hasta la entrada nada más y porque un desconocido que nunca pude conocer pidió mi ayuda.
En la carretera que va de Camagüey hasta Sierra de Cubitas y el norte de la provincia -la carretera de Lesca-, pasado el Aeropuerto Internacional y el reparto Albaiza, en la segunda entrada a la izquierda, está La 26. Ese es el nombre común de la prisión de máxima seguridad de Camagüey, una de las más fieras con el ser humano de cuantas pueblan la isla que transformó los cuarteles en escuelas. Desde un avión solo se ve la sospechosa uniformidad de los edificios cercados.
Allí hay presos que por haber cometido delitos relacionados con la política, fueron juzgados injustamente. O sea, hay presos políticos. Y también hay presos comunes, probablemente merecedores de estar en la cárcel. Pero a todos, a los políticos mal juzgados y a los comunes culpables o no, los une una condición: a todos se les condenó no solo a perder la libertad, sino la propia condición humana, que es lo que en definitiva, más se pierde allí.
¿Por qué les sirven comida podrida? ¿Por qué la atención médica se les escatima? ¿Por qué algunos apenas pueden hablar con su familia? ¿Por qué hay quien duerme con los pies doblados porque no tiene espacio en la cama?¿Por qué hay tantos suicidios allí? ¿Por qué hubo un preso a quien se le puso televisión, sí, qué bueno, pero sin audio para que no la oyera, y luego con audio, pero con la pantalla pegada a la pared, para que no la viera? ¿Por qué no se publican ni se llevan a juicio los delitos de los custodios contra los presos? ¿Por qué tantas preguntas sin respuestas, en la prisión de Camagüey, como debe haberlas en muchas otras de Cuba?
En Estados Unidos hay cinco cubanos presos. Presos por violar leyes norteamericanas, aunque es verdad que, como no me simpatizan quienes espían a los de su propio país, sean del bando que sean, pues no he atendido mucho el caso. Sé que a unos de ellos se le posó un pajarito de esos que parece sentir la soledad de los presos, y que la foto, real o no, fue famosa.
Pues un joven preso en La 26 tiene también su historia con un gorrión, que lo escogió para amigo. Un gorrión que logró entrar hasta su celda, vivir con él, comer de su comida y dormir en su incómodo lecho. Un gorrión que, además de plumas, patas, pico y libertad para volar, tenía el impulso inexplicable de acompañar a este ser humano en su sufrimiento, justo cuando otros seres humanos se encargaban de ampliárselo, o lo ignoraban, o evitaban cualquier desliz solidario. Un simple gorrión.
En estos días se cumplen 3 años de la muerte de Orlando Zapata Tamayo. Uno que murió por batirse, con su cuerpo como arma y campo de batalla, contra todos los maltratos de las prisiones cubanas. Qué problema para este país, que lo único que entre en las cárceles a aliviar esas sutiles crueldades sobre los presos, sean gorriones.

One Comment leave one →
  1. Ramón Ojeda permalink
    febrero 21, 2013 12:54 pm

    Al leer este escrito en que muestras la sensibilidad de un alma grande y noble creo que además de gorriones, también ha entrado, a través de la tuya, la compasión y la solidaridad humana de cuantos te leamos.

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