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Dos viajes para dar las gracias

febrero 28, 2013

La profesora entra al aula y lee la pizarra. ¿Quién escribió esto? Yo levanto la mano y ella me mira con cierta amenaza mientras piensa. El aula entera de segundo año de periodismo, expectante. En la pizarra, con tiza y de mi letra: “¿Saben ustedes cuál es el cubano nominado al Premio Nobel de la Paz? Oswaldo Payá” ¿Y tú qué sabes de ese hombre?, me dispara la profesora y borra el cartel. Le respondo, aunque realmente no sé mucho más de lo que he escrito, y en ese entonces mi idea del Proyecto Varela era muy borrosa. Pero en cualquier momento viajaré a conocer este hombre, me digo por dentro, mientras la profesora trata de olvidar el mal rato metiéndose en su clase, y el aula suelta la respiración.
En el 2012 hice dos viajes muy difíciles. Sin montañas ni acantilados por donde resbalar, sin lluvias infinitas ni preocupaciones de comida o cama. Mucho más que eso. Dos viajes que eran peregrinaciones, ejercicios de audacia, inquietudes periodísticas e intentos de ponerme en paz conmigo mismo, por no haber hecho nada cerca y por Oswaldo Payá, cuando él estaba haciendo y arriesgando tanto. Todo eso a la vez fueron esos dos viajes.
El viaje hasta su casa en El Cerro fue demorado. Yo en Camagüey, a veces sin dinero para viajar y alojarme –La Habana no es monte en el que uno puedes poner su casa de campaña-, él desbordado por tristes acontecimientos recientes. Al final, llegué a esa plaza sitiada que es su vivienda, la tarde del 24 de enero de 2012, a pesar de un sospechoso encuentro que parecía hilvanado por gente molesta con la visita.
Hablamos mucho, con Olga muy presente y Rosa María observando callada. Fue amable y positivo, en medio del intercambio de ideas graves, obvio entre dos personas que creen que su país está muy muy hundido, y el iceberg no solo golpea al barco, sino a los pasajeros que tratan de ponerlo a flote.
Le agradecí por el Proyecto Varela, que me dejó ganar mil discusiones con colegas desinformados, por ser la prueba de que los cubanos que intentan mejorar este país sí tienen proyectos serios y nobles para hacerlo. Le conté de aquella pregunta que escribí una vez en la pizarra de mi aula santiaguera de periodismo, antes del inicio de clases y del amago inquisitorial de la asustada profesora; le hablé de cómo a mi amigo bayamés y a mí, universitarios inseparables y apasionados defensores de la democracia y el progreso en Cuba, ciertos funcionarios nos ficharon como el Raúl Rivero y el Oswaldo Payá de la Universidad de Oriente –qué grandes los nombres para esos aprendices. Olvidé contarle de cómo en 2004, mientras hacía mis aburridas prácticas de primer año de periodismo, descargué por la Internet de Adelante –publicación oficial del Partido Comunista en Camagüey- el Proyecto Varela, y luego lo imprimí en la misma redacción del periódico, a las cinco de la tarde, cuando todos se habían ido. Payá se hubiera reído mucho con esa historia.
No recuerdo si le di las gracias por aquel texto en homenaje póstumo a Solzhenitsin para mi revista La Rosa Blanca, y que me dictó por teléfono a los pocos días, puntual y casi sin saber nada de mí. Finalmente, olvidé también preguntarle cómo suscribir el Proyecto Heredia –su última gran iniciativa cívica para abrir Cuba- que al fin encontré y firmé hace unos días.
Probablemente yo simpatizara con su obra en mucho, aunque no coincidiera en todo –como uno no coincide con sus propios padres ni con sus mejores amigos- pero la intención activa de crear un país más justo, con armas pacíficas y esgrimiendo sentido común para la reconciliación y el bienestar de los que nos llamamos cubanos, me hace guardar silencio en este día, que no es su 61 aniversario porque ni este año es bisiesto ni él pudo estar para celebrarlo.
El otro viaje en que el aire de Payá estuvo muy cerca de mí fue a Bayamo, a presenciar el mal juicio contra el conductor de su último vehículo. Un viaje no tan accidentado como el de Oswaldo y Harold Cepero -colega de expulsiones universitarias-, aunque el mío terminó en rapto y breve prisión en Río Cauto, un pueblito remoto. La patrulla me paseó, sin proponérselo, por el sitio de aquel accidente. No te preocupes. Ya nosotros cogimos la seña.

2 comentarios leave one →
  1. Mary permalink
    marzo 4, 2013 7:26 pm

    Como algun dia un sabio dijo “resucitara en el pueblo” y jovenes como tu tendran la responsabilidad y dicha de reconstruir Cuba y seguir su ejemplo. Abrazo.

  2. marzo 31, 2013 10:28 pm

    Es conmovedor y a la vez estimulante, que jovenes como Harold Cepero se dupliquen en las dimensiones de otros jovenes q como tu Henry, no se conforman con ser silenciados por una tirania longeva, empecinada en extinguir toda ansia de ser libre.

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