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La sierra y el olvido

marzo 13, 2013

Increíble. Hace un tiempo el correo dejó en mi casa un sobre lleno de mapas míos, que sin querer dejé atrás en una casita de la Sierra del Cristal, allá en Oriente. Lo extraordinario es que llegaron a mi casa dos años y dos meses –las fechas acuñadas lo prueban- después del día en que fueron enviados: algo sospechoso los retuvo más de lo habitual en nuestras respetuosas oficinas de correos, los abrió, y luego les puso precinta.
Qué distintos los campesinos y obreros de la madera a los que nunca he podido agradecerles ese favor postal y todos los demás de aquellos viajes, que no aceptaron cobrar, aunque la áspera humildad en que vivían lo pedía a gritos. Un pollo, el único, sacrificado y cocinado para los huéspedes; el escaso arroz compartido con los desconocidos de Camagüey; un día de trabajo dedicado a guiar de gratis a unos muchachos tercos en subir, por entre espinas y arroyos de montaña; el zapato más desahuciado del mundo cosido de inmediato; toda esa solidaridad, íntegra, aun en medio de las monumentales carencias en que viven.
Todo eso en el Pico Cristal, que en sus 1200 metros de altura es la montaña más alta de Cuba fuera de la Sierra Maestra. Y la menos dócil de todas las que he visitado. Relativamente cerca de la costa norte por la zona holguinera de Levisa, dicen que es más fácil sin embargo ascenderla desde el sur, viniendo del santiaguero pueblo Mayarí Arriba, que le queda a unos 15 kilómetros.
La cima está casi en el límite de las dos provincias, aunque cae del lado holguinero. Un busto del general mambí Calixto García, que mira hacia al norte, rodeado de espinos, prueba el sentimiento de pertenencia que le tienen los de Holguín.
El Cristal me venció una vez, cuando sin guía me aventuré con un bisoño grupo, que entró en shock a trescientos metros de la cima total, rotos los zapatos, completamente perdidos el camino a seguir y el de regreso, agotadas el agua y las galletas y bajo amenaza de llovizna que nos cayó de todas formas –y llovizna en esas lomas deshabitadas, que son las más húmedas del país, es lo mismo que decir torrentes de agua o fango empujándote por cualquier precipicio. Los aniquilados exploradores retrocedimos y avanzamos unas mil veces, sin alcanzar la cima. Después no sé si bajamos, o caímos. Un obrero hospitalario de la empresa forestal que tumba los pinares en aquella región, salió a buscarnos con el susto de que cualquier manantial montañoso nos hubiera arrastrado. Deshechos en menudos pedazos nos encontró, tumbados de cansancio y tranquilidad en un vado de arenas blancas del río Levisa.
Pero al año hubo revancha, más organizada y terca, y mejor guiada, y llegamos. Ese tramo del río Levisa es de lo más llamativo que la naturaleza ha hecho en Cuba. En el primer viaje solo lo cruzamos camino a la montaña –si uno viene del suroeste, como nosotros, es paso obligado- pero la segunda vez, con más tiempo y más dominio de la región, lo seguimos río abajo, hacia el norte. Y el descubrimiento de sus playazos de arena blanca, y la escalera infinita de saltos de agua, más abruptos y continuos que los del célebre Nicho del Escambray, nos conquistaron. La arena blanca parece desprenderse de un yacimiento salino en las mismas faldas del Pico Cristal; a ella se debe, seguro, el nombre de la montaña y la región.
Allá el agua baja, constante y friísima en cualquier época, por tuberías plásticas que aprovechan la gravedad desde la montaña hasta las casas donde los obreros pernoctan. Las recónditas cuevas de almiquíes se encuentran con un poco de paciencia y buen ojo. Los perros jíbaros aúllan toda la noche, y las huellas de los cerdos salvajes se ven en cualquier sendero cerca del río. En la montaña hay caminos traicioneros que si el guía no los advierte terminan ofreciéndonos un precipicio y unas lianas por toda escapatoria. El Pico Cristal, empecinado en su aislamiento y sus enzarzados senderos, es la única montaña tremenda en Cuba para los viajeros que aman lo difícil.
Pero otra montaña, menos fácil de vencer, asombra en aquellos lados: una montaña de olvido. Metidos en el medio de la nada, trabajan los obreros de la Empresa Forestal Sierra Cristal y decenas de campesinos del café. Los que cortan o siembran pinos –aunque la deforestación siempre sale ganando- suelen vivir allá, en medio de la sierra, una o dos semanas seguidas, por lo difícil que se les hace regresar cada día –mal transporte y mala carretera- a sus casas en Mayarí Arriba o Tumba Siete o Los Jagüeyes. Pero en esas lomas inmensas, en los campamentos de Los Halcones ¿o Los Horcones?, en La Corea o Los Gallegos, no hay electricidad ninguna, ni teléfonos ni música ni tiendas ni parques ni gente para hablar que no sean ellos mismos. Y se mueren de
aburrimiento y apatía, con la ropa vieja y la frugal comida que les alcanza para no desmayarse –y cuidado, que en el medio de aquellos montes perdidos no hay médico- y algunos ahogan las noches con marejadas de alcohol, en una aburrida destrucción de la que no es fácil escapar. Todo por un salario que mantiene muy pobres a sus familias, un salario que no pueden regatear porque no tienen sindicato que les batalle los derechos.
Los campesinos del café, aún con las recientes subidas del dinero que la empresa estatal les da por su producto, siguen padeciendo los males del campo cubano: un forzoso y exigente monopolio estatal les paga a precios innegociables la producción –y cuidado con desviarla- y eso en medio de escasez casi total de equipos y productos para facilitar el trabajo. Luego una serie interminable de absurdos que, por arribita, terminan siempre en la presencia apabullante del estado y sus funcionarios.
Tales historias las escuché mientras caminaba por los pinares serruchados o resbalando en los cafetales fangosos de lluvia, donde parece que no llegan los que debieran resolver tanto problema. El que me habló por primera vez de aquella Sierra del Cristal fue un señor de los alzados ahí en la década del 50, con aquella guerrilla protegida por la tremenda naturaleza y la solidaridad más grande aún de la gente de Mayarí Arriba. Esa tropa –el Segundo Frente, como lo pusieron al municipio- hace un par de días celebró el 55 aniversario de la lucha por mejorar la vida de tantas personas. Quien camine por aquellos montes se da cuenta de que, evidentemente, los jefes de aquella guerrilla no lograron mucho. Y ya se les acaba el tiempo.

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