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La Revolucion encima de la Cienaga

abril 18, 2013

Llegué a la Ciénaga de Zapata hace unos días, sin alojamiento ni transporte ni mosquitos ni cangrejos por las carreteras, solo con la guía de un maltratado mapa y la buena voluntad de todos los cenagueros que encontré por el camino. Quería ir a Girón, a Playa Larga, conversar con Nemesia, ver cocodrilos y carboneras, y conocer lo más recóndito de la península de Zapata, donde mi mapa señalaba nombres de caseríos. Casi todo lo hice, menos lo último. En este abril, esos pueblos que nunca fueron bombardeados, hoy no existen. La gente se les ha ido.
Hay dos ciénagas: una exterior que va por toda la carretera desde La Boca hasta Playa Girón y Cayo Ramona, ciénaga salpicada con paladares y rent rooms de mampostería bien pintada, en Pálpite, Playa Larga, Caletón o Girón, donde vive gente esperanzada con el tenue capitalismo que les permiten y la marea de turistas. Es de sus sencillos negocios de donde fluye la relativa prosperidad de los cenagueros.
Es verdad que en la Ciénaga hay hospital, escuelas, carreteras y que la mayoría de sus comunidades tienen transporte regular; hay club de computación aunque no ofrece Internet a los cubanos porque no tienen tal derecho en ningún lugar; hay registro civil, panadería, corriente eléctrica, policía, guardabosques y otros Minint –hábiles detectando ilegalidades en ciudadanos comunes, ciegos para los altos
funcionarios-, hoteles, campismo, museos, biblioteca, cafeterías, grupo de teatro, sala de video. Es cierto que casi nada de eso existía en 1959. Hasta ahí todo muy bien -aunque el tufo a montaje de vitrina es inaguantable.
¿Y eso le basta a un ser humano? Después de 54 años de sacrificio continuo, ¿toda la prosperidad a la que pueden aspirar las personas en la Ciénaga se resume en unos servicios básicos mal garantizados, y un discreto confort que, a la primera oportunidad, les hace poner un cartel de “Se vende” e irse bien lejos?
Pero uno mueve la cabeza con asombro cuando compara los lugares privilegiados de la Ciénaga, con esos que están fuera de la ruta turística.
Porque hay caseríos en la Ciénaga –la verdadera, no la del turismo ni los museos- que no tienen teléfono ni cobertura celular, como el remoto Santo Tomás, y donde la electricidad es por planta eléctrica unas horas al día. Hay médico, y escuelita con maestro y computadoras sin Internet, sala de video solo para ver lo que está permitido, casitas prefabricadas y un círculo social de rones y cigarros. Eso es mejor que nada, claro, si la persona no padece del espíritu de progreso y al niño no le importa ponerse viejo viviendo en las mismas condiciones en que nació. Los lugareños tienen una vez al día transporte fijo, que para llegar a la civilización debe atravesar polvo o fango, según la época.
Entonces, como es lógico, la gente huye de Santo Tomás, Guasasa o La Ceiba, caseríos mustios que se desertifican porque allí, sospechan los fugitivos, nunca mejorarán sus vidas.
“Lo que usted vea aquí es obra de la Revolución”, dice una valla a la derecha de la carretera en la entrada al municipio Ciénaga de Zapata. Yo le agregaría “Lo que usted NO vea aquí, también es obra de la Revolución”.
¿Y qué más falta en la Ciénaga? Para empezar, mis redundancias de todo lo que escribo: libertad. Libertad en la iniciativa económica de los habitantes, que solo pueden dedicarse a determinados negocios; libertad en el comercio y la propiedad; libertad de información, reunión, asociación, de enseñanza y sindical…
En este viaje no pude ver cocodrilos en libertad, ni siquiera cuando me adentré en un canal de orillas blandas y nauseabundas donde algo chapoteaba de rato en rato. Un niño me contó que en los antiguos caseríos de la península de Zapata ya no se ven cocodrilos: han huido de las personas. Yo pensé: tampoco se ven personas: han huido de la desesperanza.
Esa Revolución encima de la misma Ciénaga durante tanto tiempo, pesa. Y poco a poco, se hunde.

2 comentarios leave one →
  1. Carlos Martínez permalink
    abril 19, 2013 12:25 am

    Los cocodrilos como la esperanza padecen de creciente peligro de extinción ,entonces , en la Ciénaga de Zapata

  2. Ramón Ojeda permalink
    abril 19, 2013 12:20 pm

    En 1959 más del 60% de la población cubana vivía en zonas urbanas. ¿Qué parte del treinta y tanto porciento restante podía vivir en la Ciénaga de Zapata?¿Mil, dos mil, tres mil personas más o menos dispersas? Seámos benevolentemente conservadores y asumamos que vivían diez mil personas allí, entonces estamos hablando de menos del 0,2% de la población cubana de 1959.
    Quién recorra los pueblos del interior de Cuba actualmente podrá encontrar un negativo contraste entre lo que son y lo que fueron, para ejemplos tenemos a Gibara, Caibarién, los bateyes de los centrales azucareros y otros muchos. Me pregunto ¿Fue inteligente construir algo en la Cienaga de Zapata mientras la desidia hacía pasto de localidades otrora esplendorosas?
    Me respondo que inteligente no fue si se tiene en cuenta que la inteligencia en cuestiones de nación debía ser referida al bien común, pero fue astuta, porque la astucia es una forma de inteligencia egoísta, esa que sólo toma en cuenta los más estrechos intereses personales, de grupo o de partido.
    Aquí el “ego” es un poco más amplio sin dejar de ser individual, puesto que, en este caso, la sólida existencia de la entidad colectiva -grupo, partido- es codición sine que non para la fortaleza del individuo-líder.
    Lo hecho después de 1959 en la Ciénaga sirvió para calzar la prédica de que la revolución era para los humildes y el hecho era incontestable porque quienes vivían en aquel recodo insular debían ser de las personas más pobres de toda Cuba. Tomarlos en cuenta como personas humanas fue necesario y justo; mostrarlos como vitrina fue maquiavélico, diabólico, cínico.

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